Rokovoko. Una isla muy lejana hacia el oeste y el sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca. Hernan Melville. Pintura Eric Zener.

sábado, 31 de enero de 2015

La enternecida claridad en el ojo del infierno

Tenían a los cinco muchachos encerrados en el alpendre de la finca de tomateros en la parta baja de Los Giles, eran hombres jóvenes de no más de 25 años, al rato se escuchó a lo lejos mezclado con el silencioso ruido de la madrugada el motor del camión. Venía de hacer un viaje dijo el vigilante, un viejo falangista encargado de custodiar que nadie escapara del recinto agrícola aquella noche agosto del 36.

El vehículo se acercaba y también se escuchaban llantos, gritos, insultos, golpes, al momento se paró junto al improvisado calabozo. Miguel y Ñito que eran hermanos, se miraron en la oscuridad de aquel habitáculo que olía a tomates podridos, pudieron escuchar como alguien nombraba a Eufemiano, lo llamaba entre risas: “Ven acá que aquí hay dos rojos que se cagaron en los pantalones”. Con voz ronca el conocido empresario dijo: “Que los limpien con la lengua esos hijos de puta”, se escucharon muchas risas, olía fuertemente a tabaco y se escuchaban gemidos de dolor, como cuando una persona agoniza, el viento pegaba fuerte sobre Casa Ayala, en el momento en que se abrió la puerta y pudieron ver las caras de los verdugos.

Eran como doce hombres vestidos de azul con correajes y armas, dos guardias civiles, el sargento Pardo y el cabo primero Ojeda, los dos destinados en el municipio de Arucas, del resto pudieron identificar al tabaquero, al guardia Pernía, al empresario Penichet, al cojo Acosta, jefe de Falange en San Lorenzo, al joven Santo de Tamaraceite y a dos caciques, Bonny y Leacock. Era una de las conocidas y temidas siniestras brigadas del amanecer, una más de las que en esos meses actuaban por las islas asesinando y desapareciendo a miles de antifascistas, a todo aquel, a toda aquella, que defendiera la democracia, la República y el legítimo gobierno.

Los sacaron a golpes a los cinco, casi no podían moverse por las cadenas y sogas que les ataban fuertemente los brazos a la espalda, olía mucho a ron de caña, los falangistas parecían estar locos de ira y como medio borrachos, no dejaban de golpearlos, incluso estaba el conocido como “El verdugo de Tenoya”, que con la pinga de buey los azotaba sajándoles la piel, mientras un cacique apellidado Betancor le ordenaba golpear fuerte: “Azótalos cabrón hasta que se les caiga la carne por los suelos a estos rojos de mierda”, “Si mi amo”, respondió “El verdugo”, mientras apuraba los golpes, cada vez más precisos sobre los cuerpos de aquellos hombres destrozados.

Agarrados por sus ataduras los subieron entre patadas al camión que estaba lleno de hombres, todos amarrados, ensangrentados, habían reos de Agaete, Guía, Moya, Firgas y otros puntos del norte de la isla, como 40 hombres amontonados, apretados como reses unos contra otros, casi sin poder moverse y al fondo del transporte cuatro falangistas armados con palos y pistolas que no paraban  de gritar, de insultar, de golpear a quienes no podían defenderse, solo recibir puntapiés, rodillazos en la cara, escupitajos, incluso uno de los falangistas, el más joven con acento peninsular, se sacó el pene y se meo sobre varios de los presos.

El viejo camión de un terrateniente de Galdar partió hacia Tamaraceite lentamente, a quien hablara o susurrara le golpeaban salvajemente. Ñito atinó a ver por las rendijas que llegaban a Las Palmas y salían hacia La Laja, para luego subir hacia Jinámar, donde pararon un momento en la plaza de la iglesia, allí esperaban varios falangistas más, que entre risas y bromas subieron a los cuatro coches que custodiaban el camión tomatero.

Miguel miraba la cara de Ñito, los ojos del joven de 17 años trasmitían mucha tristeza, por un momento mientras lloraba se acordaron de su madre, la dulce María Calcine, no pudieron evitar animarse en muy baja voz, mientras el camión subía por la escarpada pendiente de tierra, cada bache les causaba un dolor inmenso, las heridas se abrían, la sangre dejaba un reguero que hubiera hecho sencillo seguir el rastro de aquella lúgubre caravana de la muerte.

De un golpe, un frenazo brusco que levantó el polvo, como una especie de aullido del viejo cacharro que casi ardía de tanta cuesta, de una carga excesiva, cuando de los coches bajaron los falangistas, requetés, guardias civiles, que formaron una especie de galería humana, mientras los que estaban subidos tiraban, empujaban a los hombres al suelo entre gritos, lamentos, llantos terribles y aullidos de dolor.

Una vez los hombres en el suelo les hicieron formar una fila, obligados a caminar entre porrazos, palos y el efecto demoledor de la pinga de buey, rodeados de uniformados se dirigían al agujero volcánico, soplaba un viento del sur aquella madrugada, había calima, el siroco africano que azota las islas cuando en el Sahara se levanta la arena. Ñito perdió de vista a su hermano Miguel, imaginó que iría delante, no se veía casi nada en aquel amanecer, solo intuía las caras de los verdugos, de unos fascistas enrabietados que los torturaban hasta el último momento.

Llegaron a un lugar donde los colocaron de pie, todos pegados, amontonados, un olor a sudor y lamento, hasta que Eufemiano dio la orden: “Venga de dos en dos, a por esos cabrones rojos podridos que van de cabeza a la sima”. De repente una especie de marabunta de fascistas los obligaban a caminar hacia el abismo, algunos hombres trataban de rebelarse, pero las bayonetas caladas se les clavaban en la cintura, en las piernas, en su pecho. Hubieron varios disparos sobre quienes se negaban a caer al vacío, pero todo era inútil, Ñito, era de los últimos, veía caer a los hombres entre gritos uno a uno, vio la cabeza de su hermano, su rostro aterrado, mientras Pernía lo golpeaba, empujándolo hasta caer por el risco de lava.

Solo quedaron cinco hombres de los cuarenta, los últimos y ya era casi de día, la sima estaba rodeada de uniformados, muchos más de los que pensaba el joven galdense, en ese instante vino Santo, los caciques extranjeros, el falangista peninsular y los empujaron, Ñito resbaló y en el suelo lo patearon, lo levantaron y se vio volando, fue rápido, enseguida en aquella oscuridad se golpeó con las cortantes paredes, se hizo el silencio, solo se escuchaban las carcajadas de los fascistas: “Buen trabajo maestro”. “Por hoy ya está hecho el día”. “Buena caza mi teniente”.

Cuando partieron satisfechos, se fue alejando el ruido de los motores, abajo se escuchaban lamentos lejanos, gritos débiles agonizantes, un olor a sangre y carne destrozada, Miguel seguía vivo, se moría, llamaba a su madre como un niño recién nacido buscando el amparo, el abrazo cálido, la caricia amorosa en el instante de partir.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Europa: la patera tripulada por Merkel






Europa parece una de esas pateras insolidarias en las que se arroja a los enfermos por la borda. En los lugares privilegiados de la embarcación viajan Merkel y la troika, que deciden sobre la vida de unos y de otros sin más criterio que el de su propio beneficio industrial. Alegan que han invertido lo suyo en fletar el bote y están dispuestas a recuperar la inversión a cualquier precio.

Si sobra el 50% de los jóvenes españoles, griegos o portugueses, se les hace saltar al agua y que se busquen la vida como puedan. Si los ancianos empiezan a representar una carga excesiva, se les recortan las pensiones y se les retira la asistencia médica, lo que viene a ser un modo de arrojarlos a los tiburones.

"Este país del sur tiene fiebre", grita uno de los capataces. "Pues mandadlo a la mierda", responde desde proa un fondo de inversión. "Aquí tenemos a un tetrapléjico irrecuperable, un inútil que cobra en concepto de no sé qué ley de dependencia". "Dádselo de comer a los peces", ordena un jefe de departamento de Juncker abanicando a Lagarde.

Tras el triunfo electoral en Grecia de Syriza, nadie se ha preguntado por el futuro de los ganaderos, los agricultores, los científicos, los electricistas, los médicos, los arquitectos, los envasadores de carne, los profesores de enseñanza media, los técnicos de laboratorio, los pensionistas, los estudiantes, los tornero... la gente, en fin, que produce bienes o servicios de primera necesidad, la gente que trabaja.

Nada de eso. La cuestión, aseguran todos los analistas económicos, es cómo reaccionarán las mafias financieras que han fletado el cayuco, dotándolo, eso sí, de algunos camarotes de primera para sus amigos, del que usted y yo no hemos sido expulsados todavía de milagro.


Artículo de Juan José Millás: 'elpais.com/elpais/2015/01/29/opinion/1422530586_789274.html'


Del blog elventano.blogspot.com, 30/01/15

viernes, 23 de enero de 2015

Joan Clos y las unidades especiales de la Guardia Urbana



elPeriódico
Miércoles, 21 de enero del 2015 - 13.09 h
Xavier Rius, periorista


Tras la tragedia de la muerte de Patricia Heras, los posibles errores judiciales del caso 4-F, los malos tratos denunciados y archivados, y las posibles negligencias de responsables políticos, denunciados en el documental 'Ciutat morta', y de diversos procesos penales que se siguen ahora contra algunos agentes, están una serie de decisiones políticas del equipo de gobierno del alcalde Joan Clos en relación a la Guardia Urbana de Barcelona y sus dos unidades especiales de antidisturbios, los diurnos UPAS (Unitat de Policia Administrativa i Seguretat) y la nocturna UNOC (Unitat Nocturna Operativa Centralitzada) y el uso que hizo el alcalde Clos de dichos cuerpos como 'guardia pretoriana'.
La asunción de misiones antidisturbios de estas unidades debe remontarse al conflicto del convenio de trabajadores del Ayuntamiento en 1999. Este conflicto coincidió con los expedientes a bomberos que se habían negado a lavar su ropa impregnada de productos tóxicos en la lavadora de su domicilio. Así, puesto que las protestas de funcionarios y bomberos incomodaban al alcalde Joan Clos, éste recurrió a la Unidad de Policía Administrativa y Seguridad y a la Unidad Nocturna Operativa Centralizada, con sede en Zona Franca, que poseían material antidisturbios para misiones en las que los agentes podían ser agredidos o necesitaban aplicar la fuerza, como el control del entorno de un campo de fútbol, la persecución del top manta o los controles de alcoholemia en zonas de ocio. De este modo toma fuerza esta unidad, cuyos miembros cobran un plus especial, que se les convirtió en lo que se conocía como la 'Guardia Pretoriana' del alcalde. Y no sólo cargaron en diversas ocasiones contra bomberos y funcionarios, sino que también contra una manifestación específica de guardias urbanos. Y siempre que el alcalde salía del consistorio a realizar un acto o visitar un barrio, iba acompañado de tres furgonetas de estas unidades para "protegerlo" en caso de ser recibido con pancartas o reivindicaciones, fuese por funcionarios municipales, fuese por vecinos.
Cuando pasó el conflicto del convenio municipal, estas unidades especiales además de ejercer sus funciones en relación a la venta ambulante, trafico de drogas, actuar en grandes aglomeraciones o participar en desalojos, continuaron acompañado al alcalde Clos allá donde iba, dando una imagen muy distinta de la de aquel Pasqual Maragall que te lo podías encontrar paseando en bicicleta por al Carretera de les Aigües a las 8 de la mañana, o que podía presentarse montado en su moto a un acto. Así un alcalde que concurría a las elecciones con el controvertido eslogan de: "Haremos de Barcelona la mejor ciudad del mundo", había de circular por la misma, de manera habitual, acompañado de sus antisturbios. Y en un contexto de máxima confianza entre el entorno del alcalde y los mandos de dichas unidades, las quejas reiteradas por las malas maneras o supuestos abusos realizados por agentes de dicho cuerpo o el desproporcionado uso de la fuerza en sus actuaciones, no eran tomados en consideración, y si llegaban al juzgado eran negados unánimemente por el testimonio de un sinfín de agentes. Sonada fue la polémica política y mediática tras la carga policial y desalojo en diciembre de 2004, de los jóvenes acampados en el césped del Palau de Pedralbes reivindicando el cumplimiento del 0,7% al Tercer Mundo, en un día que Barcelona se colapsó por la lluvia y el granizo. Aquel día que en Barcelona los semáforos dejaron de funcionar por la tormenta, los mandos municipales consideraron prioritario usar dichas unidades especiales para desalojar a la vieja usanza a aquellos "perroflautas".
Yo mismo fui víctima de la brutalidad de un agente de dicho cuerpo durante la huelga general del 20 de junio de 2002. Debidamente identificado como periodista estaba observando a una veintena de metros como dichos antidisturbios cargaban contra una quincena de militantes de la CGT que hacían una sentada en la Via Laietana a la altura de la Catedral, y uno de estos agentes vino hacia mi y me propinó diversos porrazos. Agresión que pese a comunicar yo mismo minutos después a un concejal del equipo de gobierno y realizar diversas quejar formales ante el alcalde, no se quiso investigar y de la que el alcalde no consideró necesario disculparse, ni siquiera, tras una pregunta sobre dicha agresión realizada por el grupo municipal de CiU en el pleno del Ayuntamiento.
En aquellos momentos yo tenía muy buenas relaciones con diversos agentes de la Guardia Urbana, dado que le había participado junto a ellos en el proyecto de ayuda humanitaria en Kosovo en 1999, donde agentes de este cuerpo estuvieron conduciendo camiones de ayuda humanitaria, y por mi participación en dicho proyecto tenía acceso a concejales y cargos de responsabilidad del ayuntamiento. Y todos me dijeron lo mismo, que estas unidades especiales de la Guardia Urbana tenían la plena confianza de Joan Clos, eran intocables y que lo mejor que podía hacer era olvidarlo.
Ahora tras la emisión por la televisión catalana del documental 'Ciutat morta', y de la difusión que los agentes que testificaron en el caso 4F han sido condenados y están en prisión por malos tratos, de la difusión de ciertas actuaciones del que fue jefe de información del cuerpo, Víctor Gibanel, y de otros casos de denuncias de presuntos abusos, parece que la ciudad despierte. Pero más allá de que la justicia reabra el caso 4-F está la responsabilidad política de quien, tras tomar dicho cuerpo como guardia personal, tal vez como contrapartida, toleró o ignoró los métodos de actuación de determinados agentes de dicho cuerpo dando pie a una evidente impunidad.