A la hora de cerrar esta edición –¡qué tiempos aquellos en que las
ediciones se cerraban con la recapitulación de lo que se sabía o de lo
que podía decir sin llamar a engaño!–, no sabemos, o al menos yo no sé,
si Samuel Luiz Muñiz murió el pasado fin de semana en A Coruña a causa
de una agresión con resultado de muerte, de un asesinato alevoso, o de
una estudiada caza del diferente. Sí se conoce que lo que terminó en
tragedia pareció originarse como uno de esos altercados menores, fruto
del alcohol o del calentamiento propio de las berreas juveniles, con un
móvil como excusa (“no me grabes o te mato”). Pero unos minutos y
cientos de metros después aquello degeneró en un linchamiento entre
insultos de “maricón”. Una consecuencia desmesurada para una causa tan
nimia.
No fue un asalto al abrigo de las sombras de un callejón. A las 3 de
la madrugada del sábado, recién acabado el confinamiento nocturno y con
el verano en puertas, el paseo de Riazor era una fiesta, sobre todo en
las inmediaciones del Playa Club, una discoteca que ha acogido a los
noctámbulos de la ciudad desde los años sesenta. Las últimas agresiones
homófobas que se han registrado en Galicia (y supongo que se podría
generalizar a todo el Estado) se han realizado a cara descubierta. Un
matrimonio que fue golpeado con una porra extensible y con el insulto
reglamentario –“¡maricones!”– por un energúmeno en el barrio coruñés de
Monte Alto, y un chaval fue asaltado por una pandilla en Vilagarcía de
Arousa después de reconocer, pensando que no iba a suponer problema
alguno, su identidad sexual.
Consciente o inconscientemente, para los colectivos desprotegidos la
agresión pública es mucho más intimidatoria que la clandestina. Es una
proclama de impunidad: “Para atacarte no necesito esconderme ni de la
sociedad ni de la ley”. Y se suelen cometer en manada, ya sean
violaciones o apaleamientos. No tanto para producir más miedo a la
víctima, sino para infundirse más valor entre los propios verdugos. Para
autoafirmarse colectivamente en que iba provocando o en que… ¿qué
argumentos se dan a sí mismos cuando apalizan a un homosexual? De hecho,
después de los primeros puñetazos a Samuel, y cuando otro joven,
africano, intercedió por el agredido, el agresor y su pareja se fueron. A
buscar a la manada.
De mortuis nil nisi; de los muertos, nada que no sea bueno,
se viene diciendo desde la época romana, pero en el caso de Samuel Luiz
Muñiz parece que no hacía falta recurrir al proverbio. Hijo de brasileño
y gallega (su padre, Max Luiz, es pastor de la Congregación Cristiana
en España), trabajaba como auxiliar de clínica en una residencia
benéfica de ancianos, y era bastante conocido en los círculos de la
segunda generación de migrantes, donde no ocultaba su opción sexual.
Reparé en ello al escuchar las declaraciones del presidente de
Galicia, Alberto Núñez Feijóo, en las que calificaba el linchamiento
como “un problema de irracionalidad, de instinto asesino por parte de
las personas que le han apaleado y le han matado. Yo no sé cuáles eran
sus inclinaciones sexuales ni creo que tenga relevancia”. Las
inclinaciones sexuales sí resultaron relevantes para Samuel (al parecer,
contestó “¿maricón de qué?” cuando lo insultaron). Y para sus asesinos.
Y para el Código Penal, que ve un agravante en aquellos casos en que la
víctima no lo es por ser quién es, sino por ser lo que es. Si eres
homosexual y te llaman maricón mientras te matan, es un crimen homófobo,
sean los perpetradores rastafaris (una doctrina férreamente hetero, por
cierto) o supremacistas nórdicos. Y sea la víctima un trans antifa o un
concejal del PP asiduo de la Adoración Nocturna.
El hecho de que, sin sigla alguna que los respaldara, el lunes se
registrasen, tan solo en Galicia, 74 concentraciones de repulsa, algunas
en poblaciones que no llegan al millar de habitantes, creo que
evidencia que todo el mundo entendió la relevancia de la condición
sexual de la víctima. Y que Samuel no está muerto solo porque tuvo la
desgracia de interponerse en el “instinto asesino” de otros. Lo entiende
todo el mundo menos los socios de los que están tirando las piedras y
escondiendo la mano.